No sé cuál era su nombre. Quizás a esa altura ella tampoco lo recordaba. Estaba sentada en la tierra, pero su cara llena de polvo evidenciaba que había estado acostada, al lado de la mierda humana y animal que había junto a ella.
Vivía en Conchalí, junto a su hijo de dos años y su marido. Dos días antes él llegó a su casa después de una larga jornada manejando un bus del Transantiago. Ella aprovechó su cansancio para, sin que se diera cuenta, sacarle un par de billetes. No era la primera vez que lo hacía. Y la ruta siempre era la misma: después que su marido caía dormido, salía con la plata en sus bolsillos y con su hijo a la casa de su suegra. Dejaba al niño ahí y seguía su rumbo. Luego caminaba diez cuadras, hasta la caleta de siempre. Allí todos la conocían: se quedaba fumando pasta hasta ya no poder levantarse.
La caleta no era un lugar acogedor. La entrada era de una madera añejada y despintada. Al interior, parecía que ninguna de las tres habitaciones se había ventilado en años. El olor era espeso; una mezcla de excrementos, droga, humedad y encierro. Todas las piezas se unían a un espacio abierto en forma de “T” que servía de patio, baño y sala de estar. Y allí estaba ella, sentada en el suelo y apoyada sobre la pared.
Su cabeza no paraba de girar. Parecía querer mantenerla erguida, pero no podía. Abría sus ojos e intentaba enfocar, pero no le resultaba. Entonces sonreía y su cabeza, en un nuevo intento fallido por estar firme, volvía a caer.
Había pasado las últimas 48 horas en ese lugar junto a unas veinte personas. Solían juntarse en ese sucucho para sólo fumar pasta base. Como todos los pasteros, sus días comenzaban de noche: fumaban un mono tras otro para que el efecto no parara y, sin darse cuenta, amanecía. La resaca los hacía dormir durante el resto del día, acostados donde fuera. Casi todos se veían como el consumidor tipo. Ella también: sus pómulos estaban salidos y sus muñecas, piernas y brazos parecían ser puro hueso. Su pelo crespo color azabache estaba recogido y enmarañado. La mayoría eran hombres, con ropas sucias que durante días no se habían cambiado. Las mujeres eran ella y otra joven que estaba acostada en el suelo. Tenía la polera levantada hasta el ombligo y los pantalones más abajo de su cadera. Era peso muerto. Su cara estaba a sólo centímetros de un montículo de mierda. Las moscas volaban alrededor. Tenía menos años y menos aguante que la primera, porque ella, a pesar que no controlaba su cuerpo, al menos hacía un esfuerzo por hacerlo.
Ya había fumado demasiado. Eran las seis de la mañana y en una hora había consumido, según ella, más de diez papelillos. El último había sido cinco minutos antes. Pero ya no presentaba efectos de euforia. Comenzaba a deprimirse. Decía que su marido ya no le aguantaba que le robara y se escapara de la casa, pero a ella le gustaba “reventarse, desaparecer durante dos días y después volver al cuidado de su hijo”. Más que gustarle, lo necesitaba. Nunca supe si ese día volvió a su casa. Al menos dijo que lo haría: en cuanto el efecto de la droga se pasara para poder levantarse.
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